Bocaccio Giovanni


El Decamerón


(Edición Completa)




Título Original:
 Decamerone di Giovanni Boccaccio. Cognominato Principe Galeotto (1353)



e-artnow, 2013


ISBN 978-80-7484-225-2

 


Nota Editorial:
 Este libro es una transcripción completa del texto original.

NOVELA QUINTA

Tres jóvenes le quitan los calzones a un juez de las Marcas en Florencia, mientras él, estando en el estrado, administraba justicia.



Había dado Emilia fin a su razonar, habiendo sido la viuda alabada por todos, cuando la reina, mirando a Filostrato, dijo:

 

—A ti te toca ahora narrar.

 

Por la cual cosa él prestamente repuso que estaba dispuesto, y comenzó:

 

Deleitosas señoras, el joven a quien Elisa hace poco nombró, es decir, Maso del Saggio, me hará dejar una historia que pensaba contar para contar una sobre él y algunos de sus compañeros, la cual, aunque deshonesta no sea por decirse palabras en ella que vosotras os avergonzáis de decir, no por ello deja de ser tan divertida que a pesar de todo la contaré.

 

Como todas podéis haber oído, a nuestra ciudad vienen con frecuencia podestás de las Marcas, los cuales son generalmente hombres de ánimo apocado y de vida tan pobre y miserable que todas sus acciones no son sino cicaterías, y por su innata miseria y avaricia traen consigo a jueces y notarios que parecen hombres más bien arrancados al arado o sacados de las zapaterías que de las escuelas de leyes. Ahora bien, habiendo venido uno como podestá, entre los muchos otros jueces que trajo consigo, trajo a uno que se hacía llamar micer Niccola de San Lepidio, el cual parecía más bien un cerrajero que otra cosa: y fue puesto éste entre los demás jueces a oír las cuestiones criminales. Y como con frecuencia sucede que, aunque los ciudadanos no tengan nada que hacer en palacio a veces van por allí, sucedió que Maso del Saggio una mañana, buscando a un amigo suyo allá se fue; y acaeciéndole mirar a donde micer Niccola estaba sentado, pareciéndole que era un pajarraco raro, todo él lo iba considerando. Y como le viese el armiño todo pringoso en la cabeza, y un tintero colgado del cinto, y más largo el faldellín que la toga y otras muchas cosas todas inusitadas en un hombre ordenado y bien educado, y además de éstas, una más notable que ninguna de las otras, a su parecer, le vio, y fue un par de calzones que, estando él sentado y las ropas, por estrechez, quedándole abiertas por delante, vio que el fondo de ellos le llegaba hasta media pierna. Por lo cual, sin quedarse mucho mirándole, dejando lo que andaba buscando, comenzó una búsqueda nueva, y encontró a dos de sus compañeros, de los cuales uno tenía por nombre Ribi y el otro Mateuzzo, hombres los dos no menos ocurrentes que Maso, y les dijo:

 

—¡Ah, si me queréis bien, venid conmigo hasta palacio, que quiero mostraros allí el más extraordinario patán que nunca habéis visto!

 

Y yéndose con ellos a palacio, les mostró aquel juez y sus calzones. Éstos, desde lejos comenzaron a reírse de aquel asunto, y avecinándose a los escaños sobre los que estaba el señor juez, vieron que muy fácilmente podía andarse bajo aquellos escaños; y además de ello vieron rota la tabla sobre la cual el señor juez tenía puestos los pies, tanto que con gran comodidad se podía meter por ella la mano y el brazo. Y entonces dijo Maso a sus compañeros:

 

—Quiero que le quitemos del todo esos calzones, porque con mucha facilidad se puede.

 

Habían ya los compañeros visto cómo; por lo que, arreglando entre ellos lo que tenían que hacer y decir, a la mañana siguiente volvieron allí, y estando el tribunal muy lleno de hombres, Mateuzzo, sin que nadie lo advirtiese, entró debajo del banco y se fue derecho bajo el lugar donde el juez posaba los pies; Maso, por uno de los lados acercándose al señor juez, lo cogió por la orla de la toga, y acercándose Ribi del otro lado y haciendo lo mismo, comenzó Maso a decir:

 

—Señor, o señores, yo os pido por Dios que antes de que ese ladroncillo que está ahí al lado se vaya a otra parte, que le hagáis devolverme un par de borceguíes míos que me ha birlado y dice que no: y los he visto, no hace todavía un mes, que les hacía echar suelas nuevas.

 

Ribi, del otro lado, gritaba alto:

 

—Micer, no le creáis, que es un bribonzuelo, y porque sabe que he venido a querellarme contra él por una valija que me ha robado, ha venido ahora mismo a hablar de los borceguíes que los tengo en casa desde antañazo; y si no me creéis, puedo poneros por testigo a la verdulera de al lado y a la tripera Grassa y a uno que va recogiendo la basura de Santa María de Verzaia, que lo vi cuando volvía del pueblo.

 

Maso, por el otro lado, no dejaba hablar a Ribi, gritando también; y Ribi gritaba más. Y mientras el juez estaba de pie y más cerca de ellos para oírles mejor, Mateuzzo, aprovechando la ocasión, metió la mano por el agujero de la tabla y cogió los calzones del juez por abajo, y tiró de ellos fuertemente. Los calzones salieron incontinenti, porque el juez era flaco y escurrido; el cual, sintiendo lo que pasaba y no sabiendo qué fuese, queriendo tirar de las ropas hacia adelante y taparse y sentarse, Maso de un lado y Ribi del otro sin embargo, sujetándole y gritando fuerte:

 

—Micer, hacéis mal en no hacerme justicia y no querer oírme y querer iros a otra parte; ¡de cosa tan pequeña como ésta es no se levanta acta en esta ciudad! —y tanto con estas palabras le tiraron de las ropas que cuantos en el tribunal estaban se apercibieron de que le habían quitado las calzas. Mateuzzo, luego de que algún tiempo le hubo sujetado, dejándole, se salió fuera y se fue sin que le viesen. Ribi, pareciéndole haber hecho bastante, dijo:

 

—¡Voto a Dios que me resarciré en la corporación! —y Maso, del otro lado, soltándole la toga, dijo:

 

—No, pues yo volveré tantas veces hasta que os encuentre menos impedido que habéis aparecido esta mañana! —y el uno por aquí, el otro por allá, lo antes que pudieron se fueron. El señor juez, poniéndose los calzones en presencia de todo el mundo como si se levantase de la cama, y dándose cuenta entonces de lo que había pasado, preguntó dónde habían ido aquellos que de los borceguíes y de la valija se querellaban; pero no encontrándolos, comenzó a jurar por las entrañas de Cristo que tenía que conocer y saber si era costumbre en Florencia quitarle los calzones a los jueces cuando se sentaban en el estrado de justicia. El podestá, por otra parte, habiéndole oído, armó un gran alboroto; después, habiéndole mostrado sus amigos que aquello no se lo habían hecho sino para mostrarle que los florentinos sabían que en lugar de haber llevado jueces había llevado allí zopencos para que le saliese más barato, por las buenas se calló y no fue más adelante la cosa aquella vez.



NOVELA SEXTA

Bruno y Buffalmacco le roban un cerdo a Calandrino; le hacen hacer la prueba de buscarlo con pastas de jengibre y vino de garnacha y le dan dos de éstas, una tras de la otra, hechas de boñigas de perro contitadas con áloe, y parece que él mismo se ha quedado con él, le hacen, además, obsequiarles si no quiere que a su mujer se lo digan.



No había la historia de Filostrato dado fin, la cual mucho fue reída, cuando la reina ordenó a Filomena que seguidamente narrase; la cual comenzó:

 

Graciosas señoras, como Filostrato fue llevado a contar la historia que habéis oído por el nombre de Maso, así ni más ni menos soy llevada yo por el de Calandrino y de sus compañeros a contar otra de ellos, la cual, tal como creo, os gustará.

 

Quién Calandrino, Bruno y Buffalmacco fueron no necesita seros mostrado por mí, que asaz lo habéis oído antes; y por ello, pasando más adelante, digo que Calandrino tenía una pequeña tierra no lejos de Florencia, que había recibido como dote de su mujer, de la cual, entre las demás cosas que le daba, sacaba cada año un cerdo; y era su costumbre que siempre en diciembre se iban allí al pueblo su mujer y él, y lo mataban y lo hacían salar allí. Ahora bien, sucedió una vez entre las otras que, no estando la mujer bien de salud, Calandrino se fue solo a hacer la matanza; la cual cosa oyendo Bruno y Buffalmacco, y sabiendo que su mujer no iba, se fueron a ver a un cura vecino de Calandrino y grandísimo amigo suyo, y a estarse con él algunos días. Había Calandrino, la mañana en que éstos llegaron allí, matado el cerdo, y viéndolos con el cura los llamó y les dijo:

 

—Sed bienvenidos; quiero que veáis qué amo de casa soy.

 

Y llevándolos a su casa les mostró aquel cerdo. Vieron ellos que el cerdo era hermosísimo, y le oyeron a Calandrino que lo iba a poner en salazón para su familia. Y Bruno le dijo:

 

—¡Ah, qué bruto eres! Véndelo y disfruta los dineros: y a tu mujer dile que te lo han robado.

 

Calandrino dijo:

 

—No, no lo creería, y me echaría de casa; no os empeñéis, que no lo haré nunca.

 

Las palabras fueron muchas pero de nada sirvieron. Calandrino les invitó a cenar con tal desgana que no quisieron cenar y se separaron de él. Dijo Bruno a Buffalmacco:

 

—¿Por qué no le robamos el cerdo esta noche?

 

Dijo Buffalmacco:

 

—¿Pues cómo podríamos?

 

Dijo Bruno:

 

—El cómo bien lo veo si no lo quita del sitio donde lo tenía ahora mismo.

 

—Pues —dijo Buffalmacco— hagámoslo: ¿por qué no vamos a hacerlo? Y luego lo disfrutaremos aquí junto con el dómine.

 

El cura dijo que le gustaba mucho la idea. Dijo entonces Bruno:

 

—Aquí se necesita un poco de arte. Tú sabes, Buffalmacco, qué avaro es Calandrino y con cuánto gusto bebe cuando los demás pagan; vamos y llevémoslo a la taberna; allí, que el cura haga semblante de pagar todo por invitarnos y no le deje pagar nada a él: se ajumará y luego será muy fácil porque está solo en casa.

 

Como lo dijo Bruno, así lo hicieron. Calandrino, viendo que el cura no le dejaba pagar, se dio a la bebida, y bien que no lo necesitase mucho, se cargó bien; y siendo ya avanzada la noche cuando se fue de la taberna, sin querer cenar nada se metió en su casa, y creyendo haber cerrado la puerta, la dejó abierta y se fue a la cama. Buffalmacco y Bruno se fueron a cenar con el cura y cuando hubieron cenado, tomando los instrumentos para entrar en casa de Calandrino por donde Bruno había planeado, se fueron allí calladamente; pero encontrando la puerta abierta entraron dentro y cogiendo el cerdo, a casa del cura lo llevaron, y colgándolo, se fueron a dormir. Calandrino, habiéndosele ido el vino del cuerpo, se levantó por la mañana y, al bajar, miró y no vio el cerdo, y vio la puerta abierta; por lo que, preguntando a éste y a aquél si sabían quién le había quitado el cerdo, y no encontrándolo, comenzó a hacer un gran alboroto, ¡ay de él!, ¡desdichado de él!, que le habían robado el cerdo. Bruno y Buffalmacco, levantándose, se fueron hacia Calandrino para oír lo que decía del cerdo; el cual, al verlos, casi llorando llamándolos, dijo:

 

—¡Ay de mí, compañeros míos, que me han robado el cerdo!

 

Bruno, acercándose, le dijo en voz baja:

 

—¡Maravilla que hayas sido listo una vez!

 

—¡Ay! —dijo Calandrino—, que digo la verdad.

 

—Dices bien —decía Bruno—, grita fuerte para que parezca que ha sido así.

 

Calandrino gritaba entonces más fuerte y decía:

 

—¡Cuerpo de Cristo, que digo verdad al decir que me lo han robado! Y Bruno decía:

 

—Dices bien, dices bien; y hay que decirlo así, grita fuerte, hazte oír bien para que parezca verdadero.

 

Dijo Calandrino:

 

—Me harás dar el alma al enemigo; digo que no me creerás, así no me cuelguen, que me lo han robado.

 

Dijo entonces Bruno:

 

—¡Ah!, ¿cómo va a poder ser esto? Yo lo he visto ayer, ¿quieres hacerme creer que te lo han robado?

 

Dijo Calandrino:

 

—Es tal como te digo.

 

—¡Ah! —dijo Bruno—, ¿es posible?

 

—Ciertamente —dijo Calandrino—, es así; por lo que estoy perdido y no se como voy a volver a casa; la parienta no me creerá, y si me cree, no tendré paz con ella en todo el año.

 

Dijo entonces Bruno:

 

—Así me ayude Dios, eso está mal si es verdad; pero sabes, Calandrino, que ayer te enseñé yo a decir eso; no querría que tú en el mismo punto te burlases de tu parienta y de nosotros.

 

Calandrino comenzó a gritar y a decir:

 

—¡Ah!, ¿por qué me hacéis desesperar y blasfemar contra Dios y los santos y todo lo que existe? Os digo que esta noche me han robado el cerdo.

 

Dijo entonces Buffalmacco:

 

—Si es así, se debe ver el modo, si podemos, de recuperarlo.

 

—¿Y qué modo —dijo Calandrino— podremos encontrar?

 

Dijo entonces Buffalmacco:

 

—Por cierto que no ha venido de la India nadie a quitarte el cerdo; alguno de estos vecinos tuyos debe haber sido, y por ello, si los pudieses reunir, yo sé hacer la prueba del pan y el queso, y veremos de un golpe quién lo ha robado.

 

—¡Sí —dijo Bruno—, mucho vas a hacerle con pan y con queso a ciertos caballerazos que tenemos alrededor!, que estoy seguro de que alguno de ellos lo ha cogido, y se daría cuenta del caso y no querría venir.

 

—¿Qué vamos a hacer, entonces? —dijo Buffalmacco.

 

Repuso Bruno:

 

—Habría que hacerse con buenas pastas de jengibre y con buen vino dulce e invitarlos a beber; no pensarían que era por eso y vendrían; y lo mismo pueden bendecirse las pastas de jengibre que el pan y el queso.

 

Dijo Buffalmacco:

 

—Por cierto dices verdad; y tú, Calandrino, ¿qué dices?, ¿lo hacemos?

 

Dijo Calandrino:

 

—Os lo ruego por el amor de Dios; que, si yo supiese quién se lo ha llevado me parecería sentirme medio consolado.

 

—Pues venga —dijo Bruno—, estoy listo para ir hasta Florencia a por esas cosas para ayudarte, si me das los dineros.

 

Tenía Calandrino unos cuarenta sueldos, que le dio. Bruno, yéndose a Florencia a ver a un amigo suyo boticario, compró una libra de buenas pastas e hizo hacer dos de estiércol de perro que hizo confitar con áloe recién exprimido; después, las hizo rebozar en azúcar como estaban las otras, y para no equivocarlas ni cambiarlas les hizo poner cierta señalecita por la cual muy bien las conocía; y comprando un frasco de buen vino dulce, se volvió al pueblo con Calandrino, y le dijo:

 

—Hace falta que mañana por la mañana invites a beber contigo a todos aquellos de quienes sospeches: es fiesta y todos vendrán de buen grado, y yo esta noche, junto con Buffalmacco, haré el encantamiento sobre las pastas y te las traeré mañana por la mañana a casa, y por tu amor yo mismo se las daré, y haré y diré lo que haya que decir y que hacer.

 

Calandrino lo hizo así. Reunida, pues, una buena compañía entre jóvenes florentinos que estaban en el pueblo y labradores, al venir la mañana, junto a la iglesia y alrededor del olmo, Bruno y Buffalmacco vinieron con una caja de pastas y con el frasco de vino, y haciéndoles poner en corro, dijo Bruno:

 

—Señores, me es necesario decir la razón por la que estáis aquí para que, si algo sucediese que no os agradase, no tengáis que quejaros de mí. A Calandrino, que aquí está, le quitaron ayer noche su hermoso cerdo y no puede encontrar quién se lo haya cogido; y porque otro distinto de quienes estamos aquí no se lo habrá podido quitar, él, para encontrar quién lo haya cogido os da a tomar estas pastas, una para cada uno, y de beber; y desde ahora sabed que quien haya cogido el cerdo no podrá tragar la pasta sino que le parecerá más amarga que el veneno y la escupirá; y para ello, a fin de que esta vergüenza no le suceda en presencia de tantos, es tal vez mejor que aquel que lo hubiese cogido lo diga al sire en confesión, y yo me abstendré de este asunto.

Todos los que allí había dijeron que querían comer de buen grado; por lo que Bruno, poniéndolos en fila y puesto a Calandrino entre ellos, comenzando en uno de los extremos comenzó a dar a cada uno la suya; y al estar junto a Calandrino, tomando una de las perrunas, se la puso en la mano. Calandrino prestamente se la echó a la boca y comenzó a masticar, pero tan pronto como la lengua notó el áloe, Calandrino, no pudiendo soportar el amargor, la escupió. Allí todos se miraban la cara el uno al otro, para ver quién escupía la suya; y no habiendo todavía Bruno terminado de darlas no haciendo semblante de enterarse de aquello, oyó decir a sus espaldas

—Vamos, Calandrino, ¿qué quiere decir esto?

 

Por lo que, prestamente volviéndose, y viendo que Calandrino había escupido la suya, dijo:

 

—Espérate, tal vez alguna otra cosa se la hizo escupir: ten otra.

 

Y tomando la segunda, se la puso en la boca y proveyó a dar las otras que tenía que dar. Calandrino, si la primera le había parecido amarga, ésta le pareció amarguísima; pero, sin embargo, avergonzándose de escupirla, masticándola, un tanto la tuvo en la boca, y teniéndola comenzó a arrojar lágrimas que parecían nueces, tan gruesas eran; y por último, no pudiendo resistir más, la arrojó fuera como lo había hecho con la primera. Buffalmacco servía de beber a la compañía y a Bruno; los cuales, juntos con los demás al ver esto, todos dijeron que por cierto Calandrino se había quitado el cerdo a él mismo, y hubo muchos de ellos que ásperamente le reprendieron. Pero, luego que se hubieron ido, quedándose Bruno y Buffalmacco con Calandrino, le comenzó a decir Buffalmacco:

 

—He estado siempre seguro de que tú mismo lo habías robado y que nos querías mostrar que te lo habían robado para no darnos de beber ni una vez con los dineros que habías sacado.

 

Calandrino, que todavía no había escupido el amargor del áloe, comenzó a jurar que él no lo había robado.

 

Dijo Buffalmacco:

 

—¿Pero cuánto sacaste, socio?, dímelo de buena fe, ¿sacaste seis?

 

Calandrino, al oír esto comenzó a desesperarse; a quien Bruno dijo:

 

—Oye bien, Calandrino, que en la compañía hubo quien comió y bebió con nosotros y me dijo que tenías no sé dónde una jovencita que tenías a tu disposición, y le dabas lo que podías reunir, y que él estaba seguro de que le habías mandado el tal cerdo, tan buen burlador has aprendido a ser. Tú nos llevaste una vez por el Muñone abajo recogiendo piedras negras, y cuando nos hubiste embarcado te volviste, luego nos querías hacer creer que lo habías encontrado; y ahora semejantemente te crees que con tus juramentos nos haces creer igual que el cerdo, que has regalado o has vendido, te lo han robado. Ya estamos acostumbrados a tus burlas y las conocemos; no podrías gastarnos más: y por ello, para decir verdad, nos hemos pasado el trabajo de hacer el encantamiento, porque queremos que nos des dos pares de capones y, si no, se lo diremos todo a doña Tessa.

 

Calandrino, viendo que no era creído, pareciéndole haber tenido ya bastante sufrimiento, no queriendo además el acaloramiento de su mujer, les dio dos pares de capones. Y ellos, habiendo salado el cerdo, se lo llevaron a Florencia, dejando a Calandrino cornudo y apaleado.



NOVELA SÉPTIMA

Un escolar ama a una señora viuda, la cual, enamorada de otro, una noche de invierno le hace sentarse sobre la nieve esperándola, a la cual él, después, por consejo suyo, todo un día de mediados de julio hace estar desnuda sobre una torre expuesta a las moscas y a los tábanos y al sol



Mucho se habían reído las señoras del desdichado de Calandrino, y más se hubieran reído todavía si no hubiesen sentido enojo de ver que también le quitaban los capones los mismos que le habían quitado el cerdo. Pero luego que llegó el fin, la reina ordenó a Pampínea que contase la suya; y ella prestamente, así comenzó:

 

Carísimas señoras, muchas veces sucede que las artimañas son con artimañas vengadas, y por ello es de poco juicio el deleitarse en escarnecer a otros. Nosotros nos hemos reído mucho (con muchas historietas contadas de las burlas que han sido hechas, de las cuales ninguna venganza que se haya tomado se ha contado; pero yo entiendo haceros sentir alguna compasión por la justa retribución hecha a una conciudadana nuestra, a la cual su burla, al ser burlada, casi con la muerte le recayó sobre la cabeza; y oírlo no os dejará de ser útil porque así mejor os guardaréis de burlaros de otro y mostraréis buen juicio.

 

No han pasado todavía muchos años desde que hubo en Florencia una joven hermosa de cuerpo y altanera de ánimo y de linaje muy noble y en los bienes de la fortuna convenientemente abundante, y llamada Elena; la cual, habiendo quedado viuda de su marido nunca más quiso casarse, habiéndose enamorado de ella, a elección suya, un joven apuesto y cortés; y de cualquiera otra preocupación olvidada, con la ayuda de una criada suya de quien se fiaba mucho, muchas veces con él, con maravilloso deleite se daba buena vida. Sucedió en este tiempo que un joven llamado Rinieri, hombre noble de nuestra ciudad, habiendo largamente estudiado en París no para luego vender su ciencia a granel como muchos hacen, sino para saber la razón de las cosas y sus motivos (lo que óptimamente sienta a un noble) volvió de París a Florencia; y allí, muy honrado tanto por su nobleza como por su ciencia, señorilmente vivía. Pero como sucede muchas veces que quienes más entendimiento de las cosas profundas tienen más fácilmente se dejan uncir por el amor, le sucedió a este Rinieri: al cual, habiendo ido él un día por vía de entretenimiento a una fiesta, delante de los ojos se le puso esta Elena, vestida de negro como van nuestras viudas, llena de tanta hermosura a su juicio, y de tanta amabilidad como ninguna otra le había parecido ver; y estimó para sí que podría llamarse feliz a quien Dios le hiciese la gracia de poder tenerla desnuda en los brazos. Y una vez y otra mirándola cautamente, y conociendo que las cosas grandes y preciosas no se pueden conseguir sin trabajo, decidió poner todo su esfuerzo y toda su solicitud en agradarle, para que agradándole consiguiese su amor, y por ello poder tomar posesión de ella. La joven señora, que no tenía los ojos puestos en el infierno sino que, teniéndose en tanto y más de lo que era, moviéndolos con arte miraba alrededor y prestamente conocía a quien con deleite la miraba, apercibiéndose de Rinieri, riéndose para sí misma, dijo:

 

—No habré venido hoy aquí en vano que, si no me equivoco, he cogido a un pavo por la nariz.

 

Y comenzando a mirarle alguna vez con el rabillo del ojo, cuanto podía, se ingeniaba en demostrarle que se ocupaba de él, o pensando por otra parte que cuanto más atrajese y prendiese con sus encantos, tanto era su hermosura de mayor precio, y máximamente para quien ella junto con su amor la había entregado. El sabio escolar, dejando aparte los pensamientos filosóficos, todo el ánimo volvió a ella; y creyendo que le agradaba, aprendiendo cuál era su casa, comenzó a pasar delante de ella, con varias razones excusando aquellas idas. Al cual, la señora, por la razón ya dicha vanagloriándose de aquello, mostraba verlo de muy buena gana; por la cual cosa el escolar, encontrando la manera, se aproximó a su criada y le descubrió su amor, rogándole que con su señora obrase de tal manera que él pudiese obtener su gracia. La criada prometió mucho y a su señora lo contó, la cual, con la mayor risa del mundo lo escuchó y dijo:

 

—¿Has visto dónde éste ha venido a perder el seso que ha conseguido en París? Pues vamos, digámosle lo que va buscando. Le dirás, cuando sea que te hable otra vez, que yo le amo mucho más de lo que él me ama; pero que debo guardar mi honra para junto a las otras damas poder llevar la frente alta; por lo que él, si es tan sabio como dice, debe amarme más.

 

¡Ay desdichada, desdichada! No sabía ella, señoras mías, lo que es ponerse a provocar a los escolares. La criada al encontrarlo, hizo lo que su señora le había ordenado. El escolar, contento, procedió a ruegos más calurosos y a escribir cartas y a mandar regalos, y todo era aceptado, pero en recompensa no venían respuestas sino vagas; y de esta guisa lo tuvo mucho tiempo dándole largas. Por último, habiendo ella descubierto todo a su amante y habiéndose él enojado con ella alguna vez y sentido algunos celos, para mostrarle que equivocadamente sospechaba de ella, solicitándola mucho el escolar, le envió a su criada, la cual de su parte le dijo que ella no había tenido ocasión nunca de hacer nada que a él le agradase, después de que le había asegurado de su amor, pero que, para la fiesta de Navidad que se acercaba, esperaba poder estar con él; y que por ello la noche siguiente a la fiesta, si él quería, viniese a su patio, donde ella a buscarle, lo antes que pudiera, iría.

 

El escolar, más contento que ningún otro hombre, a la hora ordenada se fue a casa de la señora, y llevado por la criada a un patio y encerrándole dentro, allí comenzó a esperar a la señora. La señora, habiendo aquella noche hecho venir a su amante y habiendo cenado alegremente con él, lo que entendía hacer aquella noche le contó, añadiendo:

 

—Y podrás ver cuánto y cuál es el amor que le tengo y he tenido a aquel de quien neciamente has tenido celos.

 

Estas palabras las escuchó el amante con gran contento de ánimo, deseoso de ver con obras lo que la señora con palabras le daba a entender. Y había por acaso el día anterior a aquél nevado mucho, y todo estaba cubierto de nieve; por la cual cosa, el escolar había poco estado en el patio cuando empezó a sentir más frío del que habría querido; pero esperando calentarse, lo soportaba pacientemente. La señora a su amante dijo después de un rato:

 

—Vamos a la alcoba y desde una ventanilla miremos lo que hace ese de quien has sentido celos, y lo que le contestará a la criada, que he mandado a hablar con él.

 

Se fueron, pues, a una ventanilla y viendo sin ser vistos, oyeron a la criada hablar con el escolar y decir:

 

—Rinieri, mi señora es la mujer más afligida que nunca ha habido, porque esta noche ha venido uno de sus hermanos y ha estado mucho rato halando con ella, y luego quiso cenar con ella y todavía no se ha ido, pero creo que se irá pronto; y por ello no ha podido venir ella todavía, pero ya vendrá pronto; te ruega que no te enoje el esperar.

 

El escolar, creyendo que era verdad, repuso:

 

—Di a mi señora que no se ocupe nada en mí hasta que pueda cuando le sea oportuno venir a por mí, pero que lo haga lo antes que pueda.

 

La criada, volviéndose dentro, se fue a dormir.

 

La señora, entonces, dijo a su amante:

 

—Bien, ¿qué dices?, ¿crees que yo, si le quisiera como tú temes, iba a sufrir que estuviera allí abajo congelándose?

 

Y esto dicho, con su amante, que ya en parte estaba contento, se fue a la cama, y grandísimo rato estuvieron gozando y disfrutando, riéndose del mísero escolar y burlándose de él. El escolar, dando vueltas por el patio, se movía para calentarse y no tenía dónde sentarse ni en dónde refugiarse del sereno, y maldecía el largo entretenimiento del hermano con la señora, y todo lo que oía creía que sería una puerta que la señora abría, pero en vano esperaba. Ésta, por fin, cerca de la medianoche, solazándose con su amante, le dijo:

 

—¿Qué piensas, alma mía, de nuestro escolar? ¿Qué te parece mayor, su sabiduría o el amor que yo le tengo?, ¿hará el frío que le estoy haciendo pasar salirle del pecho lo que con mis palabras le entró en él el otro día?

 

El amante repuso:

 

—Corazón mío, sí, bien conozco que así como tú eres mi bien y mi reposo y mi deleite y toda mi esperanza, así soy yo los tuyos.

 

—Pues —decía la señora— bésame mil veces para ver si dices la verdad.

 

Por la cual cosa el amante, abrazándola apretadamente, no mil sino cien mil veces la besaba; y luego de que en tal razonar estuvieron algún tanto, dijo la señora:

 

—¡Ah!, levantémonos un poco y vayamos a ver si se ha apagado el fuego en el cual este raro amante mío cada día me escribía que estaba ardiendo.

 

Y levantándose, a la ventanilla acostumbrada fueron; y mirando al patio vieron al escolar bailando una tarantela al tocar de un castañetear de dientes, que por el demasiado frío era tan salteada y rápida que nunca habían visto cosa igual. Entonces dijo la señora:

 

—¿Qué dices, mi dulce esperanza?, ¿te parece que sé hacer bailar a los hombres sin música de trompetas y cornamusas?

 

A quien el amante respondió:

 

—Deleite mío, sí.

 

Dijo la señora:

 

—Quiero que vayamos abajo hasta la puerta, tú te estarás callado y yo le hablaré y oiremos lo que dice, y puede que no nos divirtamos menos que de verlo.

 

Y abriendo la alcoba silenciosamente bajaron a la puerta, Y allí, sin abrirla, la señora en voz baja, por un agujerito que allí había le llamó. El escolar, al oírse llamar, alabó a Dios, creyendo demasiado pronto que iba a entrar dentro, y acercándose a la puerta, dijo:

 

—Aquí estoy, señora; abrid por Dios, que me muero de frío.

 

La señora dijo:

 

—¡Ah, sí, que ya sé que eres friolero! y también que el frío es muy grande porque ha caído un poco de nieve. Bien sé yo que en París las hay mucho mayores. No puedo abrirte todavía porque este maldito hermano mío, que ayer por la noche vino a cenar conmigo, no se va todavía; pero se irá pronto, y vendré incontinenti a abrirte. Acabo de separarme de él con mucho trabajo para venir a consolarte y que la espera no te enoje.

 

Dijo el escolar:

 

—¡Ah, señora!, os ruego, por Dios que me abráis, para que pueda estar ahí adentro al abrigo, porque hace un poco ha empezado a caer la nevada más espesa del mundo, y todavía nieva; y yo os esperaré ahí cuanto queráis.

 

Dijo la señora:

 

—¡Ay, dulce bien mío, que no puedo, que esta puerta hace tanto ruido cuando se abre que fácilmente la oiría mi hermano si la abriese!, pero quiero ir a decirle que se vaya para que pueda yo volver a abrirte.

 

Dijo el escolar:

 

—Pues andad pronto, y os ruego que hagáis encender un buen fuego para que, en cuanto entre, pueda calentarme, que he cogido tanto frío que apenas me siento.

 

Dijo la señora:

 

—No puede ser eso, si es verdad lo que me has escrito muchas veces de que ardes todo por mi amor; pero estoy segura de que te burlas de mí. Ahora vengo; espérame y ten ánimo.

 

El amante, que oía todo, se divertía mucho, volviendo a la cama con ella, poco aquella noche durmieron sino que casi toda la consumieron en sus placeres y en burlarse del escolar. El desdichado escolar, convertido en cigüeña por el fuerte castañeteo de dientes que tenía, dándose cuenta que se burlaban de él, muchas veces trató de abrir la puerta y miró a ver si por algún otro sitio podía salir; y no viendo cómo, como un león enjaulado maldecía el mal tiempo, la maldad de la mujer y la duración de la noche junto con su propia simpleza; y muy enfurecido contra ella, el largo y ferviente amor que le tenía súbitamente cambió en crudo y amargo odio, y pensaba muchas y grandes cosas con las que tomar venganza, la cual ahora mucho más deseaba que antes había deseado estar con la mujer. Pero la noche, luego de mucha y larga espera, se aproximó al día y comenzó a aparecer el alba; por la cual cosa la criada, advertida por la señora, bajando, abrió el patio, y mostrando sentir compasión por él le dijo:

 

—¡Malaventura pueda tener el que vino anoche!, toda la noche te ha tenido en vilo y ha hecho que te congeles: ¿pero sabes?, llévalo con calma, que lo que esta noche no ha podido ser otra vez será; bien sé que nada podría haber sucedido que tanto hubiese desagradado a mi señora.

 

El escolar, airado como sabio que conocía que de nada sirven las amenazas sino para armar al amenazado, encerró en su pecho lo que su destemplada ira trataba de echar fuera, y en voz tranquila, sin mostrarse nada enojado, dijo:

 

—En verdad que he pasado la peor noche que he tenido nunca, pero bien he visto que de ello la señora no tiene ninguna culpa, porque ella misma, compadecida de mí, vino hasta aquí abajo a excusarse y a consolarme; y como dices, lo que esta noche no ha sido otra noche será; encomiéndame a ella y quédate con Dios.

 

Y casi por completo entumecido, como pudo se volvió a su casa; donde, estando cansado y muerto de sueño, sobre la cama se echó a dormir y se despertó casi por completo impedido de brazos y piernas; por lo que, mandando por un médico y contándole el frío que había pasado, a su salud hizo proveer. Los médicos, con grandísimas y rápidas curas ayudándolo, poco tiempo después pudieron curarle los nervios y hacer de tal manera que se distendiesen; y si no hubiese sido porque era joven y porque llegaba el buen tiempo, mucho habría tenido que soportar; pero de nuevo sano y fresco, guardando dentro de sí su odio, se mostraba mucho más que nunca enamorado de su viuda. Ahora, sucedió después de cierto tiempo, que la fortuna le proporcionó ocasión de poder satisfacer su deseo al escolar. Porque habiéndose el joven amado por la viuda (sin tener ninguna consideración al amor que ésta le tenía) enamorado de otra mujer, y no queriendo ni poco ni mucho decir ni hacer nada que fuese de su agrado, ella en lágrimas y amargura se consumía; pero su criada, que gran lástima sentía por ella, no encontrando modo de apartar a su señora del dolor sentido por el perdido amante, viendo al escolar que del modo acostumbrado pasaba por el barrio, dio en un necio pensamiento, y fue que se podría obligar al amante de su señora a amarla como antes hacía con alguna operación nigromántica y que en ello el escolar debía ser gran maestro; y se lo dijo a su señora. La señora, poco discreta, sin pensar en que, si el escolar hubiese sabido de nigromancia la habría usado en su propio provecho, dio oídos a las palabras de su criada y prontamente le dijo que le preguntase si quería hacerlo y con seguridad le prometiese que, en recompensa, ella haría todo lo que él quisiera. La criada hizo la embajada bien y diligentemente; y oyéndola el escolar, todo contento dijo:

 

—Alabado seas, Dios mío; ha llegado el momento en que con tu ayuda podré castigar a esa malvada mujer por las injurias que me ha hecho en re compensa del gran amor que le tenía.

 

Y dijo a la criada:

 

—Dirás a mi señora que no sufra por eso, que si su amante estuviera en la India se lo haría yo venir prestamente a pedirle gracia de lo que contra su gusto hubiera hecho; pero lo que tiene que hacer entiendo decírselo a ella cuándo y dónde más le plazca, y díselo así y confórtala de mi parte.

 

La criada dio la respuesta y se arregló de manera que se viesen los dos en Santa Lucía del Prado. Viniendo allí la señora y el escolar, y hablando ellos dos solos, no acordándose ella de que casi lo había llevado a él a la muerte, le contó abiertamente todas sus cosas y lo que deseaba, y se lo rogó por su salvación; y el escolar le dijo:

 

—Señora, es verdad que entre las demás cosas que yo aprendí en París estuvo la nigromancia, de la que por cierto sé bien lo que es; pero porque ofende a Dios muchísimo, había jurado nunca ponerla en obra ni para mí ni para otros. Pero es verdad que el amor que os tengo es tan fuerte que no sé cómo pueda negarme a nada que queráis que haga; y por ello, aunque por ello deba ir a la casa del diablo, estoy dispuesto a hacerlo puesto que os place. Pero os recuerdo que es cosa más molesta de hacer de lo que por ventura pensáis, y máximamente cuando una mujer quiere recuperar el amor de un hombre o un hombre el de una mujer, porque esto no puede hacerlo sino la misma persona a quien le interesa, y para hacerlo hace falta que quien lo haga sea de ánimo valiente porque hay que hacerlo de noche y en lugares solitarios y sin compañía, las cuales cosas no sé si estáis dispuesta a hacerlas.

 

A quien la señora, más enamorada que prudente, repuso:

 

—Amor me espolea de tal manera que no hay ninguna cosa que no hiciese por recuperar a aquel que me ha abandonado sin deberlo; pero, si te place, dime en qué tengo que ser valiente.

 

El escolar, que con mal pelo tenía la cola marcada, dijo:

 

—Señora, tendré que hacer yo una imagen de estaño en nombre de aquel a quien deseáis recuperar, la cual cuando os la haya enviado, vos, cuando esté la luna menguante, debéis bañaros con ella siete veces en un río de aguas corrientes, completamente desnuda y sola a la hora del primer sueño, y después, estando así desnuda, tenéis que subiros a un árbol o en lo alto de alguna casa deshabitada: y mirando hacia el norte con la imagen en la mano, siete veces diréis algunas palabras que os daré escritas, y cuando las hayáis dicho, vendrán hacia vos dos damiselas de las más hermosas que nunca hayáis visto, y os saludarán y placenteramente os preguntarán lo que queréis que hagan. A éstas debéis decirles bien y plenamente vuestros deseos; y guardaos de que digáis una cosa por otra; y cuando lo hayáis dicho, ellas se irán y vos podréis bajar al lugar donde hayáis dejado vuestras ropas y vestiros y volver a casa. Y tened por cierto que no estará mediada la noche siguiente cuando vuestro amante, llorando, vendrá a pediros gracia y perdón; y sabed que desde aquel momento en adelante no os dejará nunca por ninguna otra.

 

La señora, oyendo estas cosas y prestándoles completa fe, pareciéndole que a su amante tenía ya en los brazos, ya medio contenta, dijo:

 

—No os preocupéis, que estas cosas muy bien las haré; y para ello tengo la mayor comodidad del mundo, que tengo una tierra hacia el Valdarno de arriba, que está bastante cerca del río, y ya estamos casi en julio, que será agradable bañarse. Y también me acuerdo que no lejos del río hay una torrecilla deshabitada salvo que, por algunas escalas de palos de castaño que hay allí, suben de vez en cuando los pastores a un terrado que tiene, para ver si descubren desde allí a sus animales extraviados, lugar muy solitario y a trasmano al cual yo subiré, y allí lo mejor del mundo espero hacer lo que mandéis.

 

El escolar, que muy bien conocía el lugar de la señora y la torrecilla, contento de cerciorarse de su intención, dijo:

 

—Señora, yo no he estado nunca en esas comarcas, y por ello no conozco la tierra ni la torrecilla; pero si es tal como decís no puede haber nada mejor en el mundo; y por ello, cuando sea oportuno os mandaré la imagen y la oración; pero mucho os ruego que, cuando hayáis satisfecho vuestro deseo y veáis que os he servido bien, que os acordéis de cumplir la promesa que me habéis hecho.

 

A quien la señora le contestó que lo haría sin falta; y tomando licencia de él se volvió a su casa. El escolar, alegre de que su plan parecía que iba a llevarse a efecto, hizo una imagen con sus caracterísmos y escribió un invento suyo en lugar de una oración; y cuando le pareció oportuno la mandó a la señora, y le mandó a decir que a la noche siguiente sin más dilación debía hacer lo que le había dicho; y luego, secretamente, con un criado suyo se fue a casa de un amigo que muy cerca vivía de la torrecilla, para poder llevar a cabo su proyecto. La señora, por otra parte, con su criada se puso en camino; y al llegar la noche, fingiendo que se iba a la cama, mandó a la criada a dormir, y a la hora del primer sueño, de casa calladamente saliendo, se fue a la torrecilla junto a la ribera del Arno, y mirando mucho a su alrededor, no viendo ni sintiendo a nadie, despojándose de sus ropas y escondiéndolas bajo unas malezas, siete veces se bañó con la imagen y luego, desnuda, con la imagen en la mano hacia la torrecilla se fue. El escolar, que a la caída de la noche, con su criado entre los sauces y los demás árboles cerca de la torrecilla se había escondido y había visto todas aquellas cosas pasándole ella al lado así desnuda, y viéndola con la blancura de su cuerpo vencer las tinieblas de la noche, y mirándole luego el pecho y las otras partes del cuerpo, y viéndolas hermosas y pensando cómo iban a estar en poco tiempo, sintió alguna lástima de ella; y por otra parte, el aguijón de la carne le asaltó súbitamente e hizo levantarse a quien estaba echado, y lo animaba a salir del escondite e ir a ella y hacer su gusto; y estuvo a punto de ser vencido por la una y el otro. Pero acordándose de quién era él y cuál fuese la ofensa recibida y por qué y de quién y encendiéndose por ello nuevamente en odio, echando de sí la compasión y el carnal apetito, mantuvo firme su propósito y la dejó ir. La señora, subiendo a la torre y vuelta hacia el norte, comenzó a decir las palabras que el escolar le había dado; el cual poco después, entrando en la torrecilla, silenciosamente y poco a poco quitó la escala por la que se subía al terrado donde la señora estaba, y luego esperó a ver qué decía y hacía ella. La señora, siete veces dichas sus oraciones, comenzó a esperar a las dos damiselas y tan larga fue la espera que, sin contar con que sentía mucho más fresco del que habría querido, vio aparecer la aurora; por lo que, triste de que no hubiese sucedido lo que el escolar había dicho, se dijo:

 

«Temo que éste haya querido darme una noche como la que yo le di a él; pero si por ello me ha hecho esto mal ha sabido vengarse porque no ha sido ni la tercera parte de larga de lo que fue la suya; sin contar con que el frío fue de otra clase».

 

Y para que el día no la cogiese allí, fue a bajar de la torre, pero se encontró con que la escala no estaba allí. Entonces, casi como si el mundo bajo los pies le hubiese fallado, le desapareció el valor; y, vencida, cayó sobre la tierra apisonada de la torre. Y luego de que le volvieron las fuerzas, míseramente comenzó a llorar y a quejarse, y demasiado bien conociendo que aquello tenía que ser obra del escolar, comenzó a apesadumbrarse de haber ofendido al prójimo, y luego de haberse fiado demasiado de aquel a quien merecidamente debía tener por enemigo: y en eso pasó larguísimo tiempo. Luego, mirando si había alguna manera de bajar y no viéndola, recomenzó el llanto Y dio en un amargo pensamiento, diciéndose a sí misma:

«Oh, desventurada, ¿qué dirán tus hermanos, tus parientes y vecinos y en general todos los florentinos cuando sepan que has sido encontrada desnuda? Tu honestidad, está contenta, se verá que era falsa; y si a estas cosas quisieras encontrar excusas mentirosas (que las habría), el maldito escolar, que sabe todos tus asuntos, no te dejará mentir. ¡Ay, mísera de ti, que en una hora habrás perdido al mal amado joven y tu honor!»

Y luego de esto sintió tanto dolor que casi estuvo por arrojarse desde la torre a tierra; pero habiendo ya salido el sol y acercándose ella un poco más a una de las partes del muro, mirando a ver si algún muchacho por allí con sus animales se acercase a quien pudiera ella mandar por su criada, sucedió que el escolar, habiendo dormido un poco junto a unas matas, al despertar la vio, y ella a él; a la cual el escolar dijo:

 

—Buenos días, señora, ¿han venido ya las damiselas?

 

La señora, viéndolo y oyéndolo, volvió a llorar fuertemente y le rogó que viniese junto a la torre para que pudiera ella hablarle. El escolar fue en esto muy cortés. La señora, echándose bocabajo sobre el terrado, sólo asomó la cabeza a su repecho, y llorando dijo:

 

—Rinieri, si yo te di una mala noche, puedes estar seguro de haberte vengado bien, porque aunque estemos en julio, estando desnuda me he creído yo congelar esta noche; sin contar con que he llorado tanto el engaño que te hice y mi necedad en creerte que es maravilla que los ojos no se me hayan caído de la cara. Y por ello te ruego, no por amor a mí, a quien no debes amar, sino por amor tuyo, que eres noble, que te contente, en venganza de la injuria que yo te hice, lo que hasta este punto me has hecho, y haz que me den mis ropas y que pueda bajar de aquí, y no quieras quitarme lo que después, aunque quisieras, no podrías devolverme, es decir, mi honra; que, si aquella noche te privé de estar conmigo, siempre que te sea grato puedo devolverte ciento por una. Bástete, pues, esto y como hombre valeroso ten por bastante haberte podido vengar y habérmelo hecho conocer; no quieras probar tus fuerzas con las de una mujer: ninguna gloria es para un águila haber vencido a una paloma; así pues, por el amor de Dios y por tu honor, compadécete de mí.

 

El escolar, con duro ánimo pensando en la injuria recibida y viéndola llorar y rogarle, a la vez sentía placer y desagrado en el ánimo: placer por la venganza que más que ninguna otra cosa deseado había, y desagrado sentía al moverlo su humanidad a compadecer la miseria. Pero no pudiendo su humanidad vencer a la fiereza de su apetito, repuso:

 

—Doña Elena, si mis ruegos, que en verdad no supe bañar en lágrimas ni hacerlos melosos como tú sabes hacer los tuyos, me hubiesen impetrado, la noche que en tu patio lleno de nieve me moría de frío, haber sido puesto por ti un poco al abrigo, fácil cosa me sería ahora complacer los tuyos; pero si tanto más que en el pasado te ocupas ahora de tu honor, y te es tan duro el estar así desnuda, eleva estas súplicas a aquel en cuyos brazos no te enojó estar desnuda aquella noche que bien recuerdas, sintiendo cómo yo andaba por tu patio castañeteando los dientes y pataleando la nieve, y hazte ayudar por él, hazte por él traer tus ropas, pídele a él la escala por donde bajes, pon en él el cuidado de tu honor, aquel por quien ahora y otras mil veces no has dudado en ponerlo en peligro. ¿Cómo no lo llamas que venga a ayudarte? ¿Y a quién le corresponde más que a él? Eres suya: ¿y qué cosas guardará o cuidará si no te guarda y te ayuda a ti? Llámalo, estúpida, y prueba si el amor que le tienes y tu sabiduría junto con la suya pueden librarte de mi necedad; la cual, solazándote con él le preguntaste qué le parecía mayor si mi necedad o el amor que le tenías. Y no me hagas ahora cortesía de lo que no deseo ni podrías negármelo si lo desease; guarda para tu amante tus noches, si sucede que salgas de aquí viva; son tuyas y suyas: yo tuve bastante con una y me basta haber sido burlado una vez. Y ahora, usando tu astucia al hablar, te ingenias en alabarme para conquistar mi benevolencia y me llamas noble y valeroso, y tácitamente te ingenias en que yo, como magnánimo, me abstenga de castigarte de tu maldad; pero tus lisonjas no me oscurecen ahora los ojos del intelecto, como hicieron antes tus desleales promesas; yo me conozco, y sobre mí mismo no aprendí tanto mientras estuve en París cuanto tú me hiciste saber en una noche de las tuyas. Pero presuponiendo que yo fuese magnánimo, no eres tú de aquellas en quienes la magnanimidad deba mostrar sus efectos: el fin del castigo en las fieras salvajes como eres tú (e igualmente de la venganza) debe ser la muerte, mientras en los hombres debe bastar lo que tú has dicho. Por lo que, aunque yo no sea águila, sabiendo que tú eres no paloma sino venenosa serpiente, como a antiquísimo enemigo, con todo odio y con toda la fuerza entiendo perseguirte; y con todo, esto que te hago no puede muy propiamente llamarse venganza sino mucho mejor castigo, en cuanto la venganza debe sobrepasar a la ofensa y esto ni llegará a igualarla; por lo cual, si yo quisiese vengarme mirando en qué partido pusiste mi vida, no me bastaría quitarte la vida ni otras ciento iguales a la tuya, porque sólo mataría a una vil y abyecta y mala hembra. ¿Y por qué diablo, si quitas tu poquito rostro, al que unos pocos años estropearán llenándolo de arrugas, eres más tú que cualquier triste sierva? ¡Y no quedó por ti hacer morir a un hombre valeroso, como me has llamado poco antes, cuya vida aún podrá en un día ser más útil al mundo que cien mil iguales a la tuya podrán mientras el mundo dure! Aprenderás ahora con este dolor que sufres qué es escarnecer a los hombres que tienen algún sentimiento, y qué es escarnecer a los escolares, y te dará materia para no caer nunca más en tal locura, si sales de ésta. Pero si tienes tan grande deseo de bajar, ¿por qué no te arrojas de ahí? Y en un punto, con la ayuda de Dios, quebrándote el cuello, saldrás del dolor en el que te parece estar y me darás la mayor alegría del mundo. No voy a decirte más ahora: tanto pude yo que hasta ahí te hice subir; haz tú ahora de manera que bajes, como supiste burlarte de mí.

 

Mientras el escolar esto decía, la desdichada mujer lloraba continuamente y el tiempo pasaba, subiendo más alto aún el sol. Pero cuando vio que se callaba, dijo: