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Primera edición digital: junio 2021
Campaña de crowdfunding: equipo de Libros.com
Diseño de cubierta: equipo de Libros.com
Maquetación: Patricia Escolar
Corrección: María Luisa Toribio
Revisión: Ana Briz

Versión digital realizada por Libros.com

© 2021 David del Campo
© 2021 Libros.com

editorial@libros.com

ISBN digital: 978-84-18527-96-8

David del Campo

Los días en el gabinete del ministro Illa

Prólogo de Rafael Vilasanjuan

Quiero dedicar este libro a una persona anónima, y sin su conocimiento previo. Se trata de una enfermera contratada para reforzar los equipos de atención directa a pacientes de COVID-19 del Hospital 12 de Octubre.

Se llama Alba Castaño Menéndez y tiene veintinueve años. Dejó su trabajo ordinario en la empresa que suministraba oxígeno al hospital para meterse, doce horas al día durante tres meses, en un equipo de protección individual. Al final de cada jornada, al regresar a su casa, entraba sin tocar nada y se iba directa a la ducha. Solo después de pasar largo rato bajo el agua y desinfectarse a conciencia salía a saludar a su padre, Seve, y su madre, Olga, aunque muchos días ya estaban durmiendo cuando ella llegaba.

Hoy, Alba sigue en el hospital. Ella representa lo mejor de nuestro país, representa aquello que debemos aspirar a ser.

Índice

 

  1. Portada
  2. Créditos
  3. Título y autor
  4. Dedicatoria
  5. Prólogo. El sentido de la urgencia. Rafael Villasanjuan
  6. Introducción
  7. Del Ébola en 2014 a la COVID-19 en 2020
  8. Fechas clave
  9. Del jueves 23 de enero al viernes 13 de marzo de 2020
  10. El (no) milagro de IFEMA
  11. Soria y su alcalde
  12. Fernando Simón y el Sistema de Alerta Precoz y Respuesta Rápida
  13. Fuerzas Armadas. Operación Balmis
  14. Moncloa
  15. Mecenas
  16. Contraportada

Prólogo

El sentido de la urgencia

Llegó, como siempre, con la crisis. No podía ser de otro modo: una situación sin precedentes, un gabinete reciente, una epidemia atrevida, un virus desconocido… Todo era nuevo, todo estaba impregnado de incertidumbre, sorpresa y en muchos casos temor. Podría haber sido de otra manera, pero lo dejaba todo y volvía de nuevo a la cocina de un ministerio que conocía bien justo en el peor momento. Hay poca gente imbuida por la urgencia; David del Campo es uno de ellos. No es que una persona sola pueda poner freno a las consecuencias más graves en una situación crítica, pero puede despejar mucho el camino. En horas de angustia hay que empezar por poner orden, por buscar interlocutores que puedan aportar información, por descifrar mensajes aparentemente inconexos, por tirar de hilos con los que empezar a tejer respuestas, intentar conectar instrumentos hasta alcanzar un concierto donde solo hay desconcierto y, sobre todo, trabajar incansablemente, sin temor al abismo que siempre asoma en la urgencia. El orden y la capacidad de tomar decisiones cuando todo parece bloqueado y las horas del día se agotan sin apenas horizontes requieren precisamente de ese sentido de manejar los tiempos cuando el reloj de la urgencia se va comiendo minutos, horas y días. Es algo que David conoce bien de su época en los despachos de varios ministerios, pero sobre todo de su experiencia en el terreno. Desde el corazón de África hasta el ojo del huracán Mitch en Centroamérica, que de un soplo quebró Honduras, la experiencia para lidiar con desastres y sus consecuencias humanitarias estaban mucho más cerca de las necesidades de un ministerio de salud en cualquier país de Europa de lo que nunca hubiéramos imaginado. No se había promulgado todavía el estado de alarma cuando David se decidió a echar una mano donde más falta hacía y a regresar, durante la tormenta, al edificio de cristal y obra vista del paseo del Prado, desde donde se empezaba a dirigir la respuesta a la peor epidemia que ha vivido Occidente en el último siglo: la de la COVID-19.

Recuerdo, solo unos días antes, al entonces recientemente nombrado ministro de Sanidad, Salvador Illa, inaugurando la cumbre mundial de neumonía que desde el Instituto de Salud Global (ISGlobal) habíamos organizado en Barcelona la última semana de un enero, el de 2020, que todavía parecía tranquilo. El ministro estaba interesado en saber cómo podía suceder que cada año murieran ochocientos mil menores de cinco años por esta enfermedad, la mayoría en África. Recuerdo también que alguien de nuestro equipo le vino a recordar que a un ministro de Sanidad lo peor que le puede pasar es gestionar una crisis cuando afecta seriamente a la salud de su población, y más cuando hay muertes. ¿Cómo podíamos vivir a este lado tan seguros mientras más de dos mil menores mueren cada día por una enfermedad para la que tenemos vacunas y tratamientos? El flamante ministro, que apenas llevaba dos semanas en su nuevo cargo, estaba a escasos días de comprobar que eso podía ocurrir también aquí. De hecho, estaba muy cerca de descubrir dos cuestiones que marcarían su agenda, también nueva, de manera inexorable: la primera es que tampoco en Occidente estamos exentos del riesgo que suponen las enfermedades infecciosas; la segunda, que su mandato al frente del ministerio, del que seguro le hablaron como algo tranquilo, con muchas funciones traspasadas a las comunidades autónomas, estaba a punto de convertirse en el centro neurálgico que canalizaría la toma de las principales decisiones políticas, económicas, laborales y sociales en España durante todo el año 2020.

Es ahí donde David aparece, con la humildad con la que siempre lo hace, con la capacidad de aportar el conocimiento ganado en mil batallas y hasta con la ironía con la que siempre rompe la tensión en los momentos de agobio. El relato de los cien primeros días en el gabinete de ese ministerio es un testimonio fiel de cómo el virus fue amagando y de cómo, desde el desconocimiento inicial, se pasó a diseñar un estado de emergencia para intentar frenar sus peores consecuencias. David regresa casi en silencio al ministerio, sin contrato, sin sueldo, con el derecho a una plaza de parking donde dejar esperando el coche desde la madrugada hasta la noche en jornadas de trabajo sin fin. Irrumpe el espíritu de voluntario del que David se contagió desde sus primeros años en cooperación; emerge, también, la experiencia del tiempo pasado en esos mismos despachos, ahora una década después y en el entorno de una crisis como nunca había vivido nuestra generación. Nada en el relato de las páginas que siguen fue fácil, nada resultó sencillo. Pero, desde la respuesta en Madrid a la angustia en la España vaciada en Soria, la fotografía de esos días, más que un testimonio de gestión, es la narración del sentido de la urgencia. Cada uno de los pasos dados muestra hasta qué punto las decisiones no tomadas en cada momento ya no servirían después, de la misma manera que hay que cambiar y adaptar aquellas que sí se han tomado. Está en la base de la filosofía humanitaria: decide y lidera las respuestas, y si hay errores analiza y corrige, porque si no la urgencia atenaza, y cada hora perdida sin decidir se cuenta en vidas. Pero, mas allá del virus, estas páginas cuentan también las dificultades para coordinar una respuesta entre administraciones de diferente signo, con servicios de atención descentralizados y visiones políticas enfrentadas, con medidas que, sin tener en cuenta las de al lado, pudieron hacer más fuerte al virus y más largo su viaje.

Ahora, cada uno extraerá de la lectura una opinión. Por mi parte, estoy seguro de que el ministro Illa acertó incorporando a David en su gabinete: es algo que yo sé de otras emergencias compartidas. Desde el agradecimiento y la amistad con los que me encargó esta introducción, ahora, un año después del inicio de la pandemia, este relato breve a mí me sugiere otras dos cosas, que son las que dan más sentido a este libro: la primera es la necesidad de entender la salud como el principal concepto de seguridad en nuestras vidas, en nuestra capacidad de relacionarnos, de trabajar, de generar ingresos o de viajar. La segunda, como consecuencia, es que hay que leer estas páginas no tanto desde la angustia como desde la necesidad de apoyar una realidad amenazada: debemos defender la sanidad pública y a los que trabajan en ella como la mejor inversión de nuestros impuestos, la que genera mejor retorno; la única, por otra parte, que desde la trinchera ha evitado que la catástrofe fuera aún mayor. Al final, ese es el mejor legado de este libro.

Rafael Vilasanjuan[1]

Introducción

 

En 1998 tuve mi primer contacto con una emergencia humanitaria: un huracán llamado Mitch golpeaba con vientos sostenidos de 290 km/h durante diez días Honduras y Nicaragua. Murieron casi once mil personas. Desde entonces, desgraciadamente, otros sucesos de la misma índole han acompañado mi vida personal y profesional. Sudán, Gaza, República Democrática del Congo, el tsunami del sudeste asiático de 2004, el terremoto de Nepal, la epidemia de Ébola en África occidental, Siria, Níger, Mauritania…

Las razones para escribir este libro tienen que ver con mi trayectoria personal y profesional.

Estoy convencido de que un país próspero, justo y sostenible tiene sus cimientos en sólidas políticas públicas que trascienden el corto plazo. Es, por tanto, una sanidad pública universal y gratuita como la que tiene España desde hace más de treinta años uno de sus pilares como país. Además, hemos visto y comprobado que en los peores momentos de la pandemia, en los instantes en que la tensión de la asistencia sanitaria ha sido crítica —incluso cercana al colapso y por tanto al peor escenario jamás imaginado y conocido—, ha sido esa sanidad pública, sus profesionales y recursos, la que ha salvado a España. Si esta brutal pandemia puede contribuir a algo positivo es a que se produzca una enorme ofensiva política de blindaje del sistema público nacional de salud. Blindar la sanidad pública como ejercicio político de respuesta y aprendizaje es la primera de las poderosas razones a las que pretende servir este libro. Solo la educación pública y el acceso a la cultura tienen una similar capacidad, potente, de contribuir a la cohesión de nuestro país. Hemos visto las grietas de nuestra sanidad pública, las hemos visto en forma de colapso, primero de los servicios de Urgencias y luego en saturación de nuestras Unidades de Cuidados Intensivos (UCI), pero también hemos visto su poderosa capacidad para doblar la curva terrible y mortal de una pandemia.

Tanto en las grietas como en su enorme fuerza hemos visto a miles de profesionales sanitarios, que son la segunda razón por la que escribo este libro. Personal sanitario que va más allá de las definiciones legales o internacionales. Personal sanitario que mantenía limpias las instalaciones y las UCI, personal sanitario en las ventanillas de atención al público, personal sanitario que tenía a punto las instalaciones básicas de nuestros hospitales y personal sanitario en forma de celadores, asistentes técnicos sanitarios (ATS), profesionales de enfermería y doctores. Este libro tiene detrás la intención de reconocer al conjunto de profesionales sanitarios que estuvieron en la primera línea de los hospitales y residencias durante los meses de marzo, abril, mayo y junio de 2020. Además de salvar vidas, son una de las referencias sobre las que debemos construir el futuro.

En tercer lugar, este libro aspira a que realmente hayamos aprendido algo como nación durante la pandemia de la COVID-19. Aprender, como sociedad y como ciudadanos y ciudadanas a nivel individual, la importancia de las políticas públicas, de llegar a acuerdos y de tener un sistema capaz de responder a emergencias y crisis que a partir de ahora ya no serán la primera: la segunda y siguientes por venir. Cuestiones relacionadas con situaciones climáticas extremas, desplazamientos forzosos de poblaciones, terrorismo internacional… volverán a nuestras vidas, ojalá más tarde que temprano, pero nos exigirán prepararnos hoy para lo que ocurra dentro de diez años.

Por último, todos los beneficios que me genere este libro, que espero sean muchos porque eso querrá decir que lo ha leído y apoyado mucha gente, irán íntegramente destinados al Instituto de Salud Carlos III, a programas de investigación sobre pandemias.

Este libro y mi paso por el Ministerio de Sanidad no hubieran sido posibles sin la generosidad de mi organización, Save the Children.